MICROFAGIA




CUESTIÓN DE UN MINUTO

15:25 pm, cinco minutos para la reunión con Bermúdez y la ejecutiva. Tomo el dossier de finanzas y las gráficas del balance anual —en las que he trabajado sin descanso, día y noche, renunciando a mi fin de semana con las niñas— y las introduzco en el maletín.

15:26 pm. Voy justo de tiempo. Salgo apresurado. Caigo, ya en el pasillo, en que he dejado el pendrive con la presentación de los últimos lanzamientos conectado al ordenador. Reconvengo. Aceleradamente, fuerzo la expulsión del hardware de forma segura y lo guardo en el bolsillo derecho de la americana.

Antes de cerrar, miro la hora en la pantalla: 15:27 pm. Me abrocho la corbata sobre el cuello de la misma camisa de ayer mientras espero la llegada del ascensor. Tres minutos serán suficientes. En un minuto estaré ante la puerta del gran despacho de la última planta. La planta desde donde se contempla lo que, desde aquí abajo, yo tan solo alcanzo a imaginar. El entramado de calles y edificios a tus pies, toda la ciudad a vista de pájaro y, más allá, la boca de la ensenada abierta al Pacífico como una fantasía hecha realidad. Del otro lado, muy al fondo, el azul lejano de los montes, un continente que algún día me gustaría explorar…

Timbrazo urgente en el penúltimo minuto: 15.28 pm. Luz roja en la línea de comunicación interna. Atención inexcusable. Retrocedo. Típico de Bermúdez, acosar en los momentos clave. Deje de bronca en la voz. Que qué cojones pasa que no estoy ya allí. Están todos, hasta el último..., bueno, menos el último mono. Y qué carajo, es viernes y están sin aire acondicionado, que siempre se estropea cuando más falta hace. ¡Claro que tienen las ventanas abiertas, como coño si no, pero maldita si se mueve una brizna a esta hora!

15:29 pm a todos los efectos. Reparo en mi cara sin afeitar. Lo que faltaba. Irremediablemente llegaré tarde. Cuestión de un minuto.

Suena la alarma: 15:30 pm, reunión. El móvil escapa de mis manos. El temblor me sacude. Todo se derrumba ante mí en un instante. Con estrépito ensordecedor, el edificio cae sobre sus cimientos como un peso muerto. Solo resisten las crucetas de hormigón, que sustentan aún mi oficina en la entreplanta, sobre el garaje subterráneo de la empresa.

Pienso que tampoco aquí va a correr el viento.
                         
                                                        Manuel Bocanegra

(relato presentado al concurso historias de viento de Zenda)




GUAU Y MIAU

Juanito, “el marejhaílla” para los pescadores, gasta verbo fácil y siempre tiene una palabra y más, un relato farragoso de marinerías para quienes se acercan a su rincón en la barra, donde vive ininterrumpidamente de sol a sol, como farero del mar de la alcoholemia. Si, además, le llenan su copa de número cinco, ese vino corriente del que es amigo íntimo y con el que habla de continuo, despliega su arte de borracho de cantina y transmuta en estentóreo actor; suspende – grandilocuente – un aspaviento en el aire y, obsequioso, se dobla por la cintura y agradece reverencial la invitación.

Cuando Luis, el dueño del bar, se dispone a echar el cierre, Juanito es ya un guiñapo meado sobre la última mesa del salón. Como cada noche, el pacientísimo Luis, sale y silba largo y fuerte hacia el fondo oscuro del callejón del puerto. Solemnes, moteados de basura y farol, comparecen Guau y Miau.

Capitán Marejhaílla, braceando entre los batientes de la puerta, ordena balbuceante: “¡Rumbo norte!”. Miau, delante, orienta la proa camino a casa; Guau, a su espalda, entierra el hocico en la entrepierna del patrón fijando el balanceo y empuja, cuesta arriba, marcando el ritmo oscilante del navío.


(Relato presentado al concurso del blog Esta noche te cuento en la convocatoria de enero-febrero de 2017)





NOCHE SEÑALADA

En una mano la suya apretada y sudorosa. La otra agarrada al talismán contra el demonio oscuro que nos dio el hechicero en la montaña. Implorante, entono el rezo para que los dioses nos protejan y ella deje de oír, por un momento, el rugido lejano que va aumentando a medida que nuestros pasos avanzan en la oscuridad. Ninguna voz sigue a la mía.

La multitud de cuerpos invisibles se deja arrastrar, anulada la voluntad y la palabra, en la noche sin luna. En la noche señalada. El silencio es huella indeleble del miedo que vacía el corazón de los cuerpos. Hace muchos días que nadie entona nuestros cantos de gozo. Intimida su cercanía. Presagiamos su poder sobre nosotros. Ningún quejido, ni siquiera un lamento, a pesar de que son muchos los que sangran de heridas recientes, los que se duelen del alma arrancada que dejamos atrás.

En un recodo, se deja oír con toda claridad su bramido. Está muy cerca. El espanto acelera el ritmo de los cuerpos. Algunos pasan a la carrera. Casi la arrancan de mi mano. Nos domina su hondo respirar salvaje.  Espera a sus víctimas. Penetrante, su olor inconfundible lo delata al acecho en su guarida. Nos espera a nosotros. Acre y salino se huele su sudor de bestia. Se adhiere a la piel y nos corroe las entrañas como un ácido. Es él nuestro destino. 
   
Su mano clava sus pequeñas uñas en mi palma. Atenazada se niega a caminar. Noto su cuerpo rígido, envarado. Sabe por los cuentos de los ancianos de la tribu que los niños son presa de su gusto. Tiro de ella como de un peso muerto. La arrastro tras de mí a su pesar. Ni parar, ni retroceder podemos. Solas en la noche sería peor muerte que morir a manos de él. Cuerpos tropiezan con los nuestros y nos impelen a la marcha. Una mano sobre mi espalda es suficiente para sentir calor humano y las lágrimas afloran en mi debilidad. Lágrimas que ella no puede ver. Temo morir. Morir sin luna, morir sin verla. Me muerdo los labios para encontrar la rabia necesaria. Salvarla a ella. Mi bien. Mi luz. Al precio que sea. Hasta el de la propia vida. Que mi sacrificio no sea en vano, pido a los dioses.

Las pequeñas convulsiones en mi mano, me dicen que ha roto en llanto. Se hace mío su terror de hija. Estamos frente a él. Oprime el pecho su presencia invisible. La densidad de la noche cambia de piel; la oscuridad se confunde con su aliento húmedo que nos empapa en ácida saliva. Inmisericorde, despliega su ataque inclemente. Su cólera encrespada engulle los cuerpos, los devora en oleadas.  Aterrorizada, grito en medio de la nada invisible y no me oigo. Más fuerte y no me oigo. Siento su poderío alzarse sobre mí y no le veo. La baba fría que desprende su boca enfurecida alcanza nuestros pies.  El ímpetu de su lengua nos derriba soltando su mano de la mía. El pavor me sacude. Es el fin. Él es el destino.

A ella no. Ven por mí, digo mientras consigo aferrar entre mis dedos parte de sus vestidos o de su pelo mojado. Huele como huele él, pero aunque mojada, su piel es piel de la mía. Reconozco en mi tacto el tacto de mi propia carne. Sujetándola contra mi pecho, encaro la siguiente embestida de sus fauces confiada al talismán que muerdo entre los dientes. Brama y me golpea y yo, grito. Más fuerte aún. Casi tan fuerte como él, grito desgarrada. A ella no, a mí, a mí, impío, digo en mi rezo.

 Sus pequeños brazos rodean ahora mi cuello, tenaces como una cadena, y avanzo debatiéndome entre las húmedas garras por unirme  al grueso de cuerpos que flotan juntos sobre el infierno sombrío de la lengua de la bestia. Manos invisibles nos toman y caemos al fondo golpeándonos con el duro suelo de la barca. Entre los cuerpos que han escapado, se oye una voz que habla nuestra lengua y ordena sentarnos.

Su pequeña mano se refugia de nuevo en la mía. Su cabeza en mi seno. Sin fuerzas, entono el rezo de nuestro pueblo, lo deslizo en su oído como una pócima para calmarla y aprieto el talismán sobre su pecho, que late ya sereno en mi mano. Seguimos vivas. El sueño la vence sobre mi regazo frío. El ruido del motor se sobrepone al bramido, nos aleja de las fauces batientes como empujados por un viento favorable de los dioses.

A lo lejos, al fin, veo los ojos del monstruo que describieron los ancianos. Brillan parpadeando insaciables en la noche. Reclama aún nuestros cuerpos ateridos como pago por la travesía.



Manuel Bocanegra
Relato presentado al concurso literario de Historias de Miedo de Zenda.




CASA EN PENUMBRA

Desde la entrada ya ve el resplandor de luz sobre el parqué del pasillo. Juan se ha dejado abierta de nuevo  la puerta del frigorífico. Se lo dice continuamente, “… tienes que empujarla con la mano para que haga ventosa”, pero él ni se entera. Con los trastornos que está sufriendo últimamente, siempre tiene la cabeza en otra parte.
Al dejar las llaves encuentra las de Juan sobre la bandeja plateada donde acostumbra. Su cazadora, la de diario, está en la percha. Entonces, está  en casa. Pues no son horas. Habían quedado en que él haría la compra después del trabajo. Habrá vuelto a sentirse indispuesto.
Le llama sin obtener respuesta. “¿Juan, estás en casa?”. Todo el salón está en penumbra con las persianas bajadas. “Estará echando una cabezada en el sofá, le dejo un rato”.
Piensa en cerrar el frigorífico, pero antes pasa por el baño, una urgencia ordinaria. La cortina echada y la falta de toalla se lo dejan claro. Se ha dado una ducha y no ha puesto toalla limpia. Muy suyo. El suelo todo mojado. Ha pasado la fregona, pero sin estrujar. Se enfurruña. A saber cómo habrá dejado la bañera. Mejor ni mira. ¡Vaya hombre!
Y hasta un zapato olvidado junto a la papelera. En cuanto se despierte, va a tener unas palabras con él. El orden de la casa es cosa de los dos.
Y ahora, al levantarse y tirar de la cisterna ve, con la luz del baño, el suelo del pasillo también mojado. No es posible. Ha ido arrastrando la fregona sobre el parqué hasta el lavadero por no traer el cubo. Y el colmo es con qué ha rayado la pared y la puerta del dormitorio. Varios arañazos profundos  en una y otra. Ganas le dan de despertarlo le duela o no la cabeza que, últimamente, es verdad que le ha estado doliendo, más bien, atormentando. Lleva días ensimismado,  con mirada ausente. Como ido. Trastornado. Sin ganas de nada, ni de hablar con ella. Hasta le ha contestado alguna vez con palabras gruesas. El estrés es la razón que aduce él cuando le pregunta. Pero a ella está empezando a preocuparle. Que descanse, bien; pero van a tener unas palabras en cuanto se levante.
Frente al baño, abre la puerta del dormitorio casi por inercia. En penumbra también. Debe tener un ataque de los fuertes. “¿Se habrá caído y de ahí esos arañazos?”  Un vértigo, seguro. Se alarma. Va a despertarlo al salón entonces, para quedarse tranquila. Duda un momento. Antes pasará por la cocina. El frigorífico abierto le saca de sus cabales. Todos los días se lo dice. Que empuje con la mano para que haga ventosa. Qué trabajo iba a costarle. Pero, ahora, cuando se dirige hacia ella, la puerta del frigorífico está cerrada y advierte que la cocina está en penumbra también. Se extraña. “Juan, ¡no me estarás gastando una broma!” Rápido, se gira sobre sí misma, le parece haber visto una sombra cruzar desde el dormitorio al baño. “No tiene ni chispa de gracia”. A Juan nunca le ha dado por cosas como esta. Se sorprende cuando un leve escalofrío le recorre la espalda. Se sobrepone. “Tonterías”. Se dirige decidida hacia el baño dispuesta a terminar con el juego, aunque le invade una extraña sensación de incomodidad que no acaba de definir.
Pero no tiene tiempo de concretarla. Inesperadamente, suena el teléfono. Llaman al fijo. Sin saber por qué corre alarmada para cogerlo. En pensamiento se dice que para que el sonido del teléfono no despierte a Juan. Después de todo, sabe lo que está pasando entre el exceso de trabajo, lo de su madre y el fiasco de hacienda. Está tan trastornado estos días… Lo descuelga del supletorio del pasillo, dando la espalda a la cocina. Así, vigila el baño. Hace un momento le ha parecido que Juan se escondía allí. Entonces, no está durmiendo… o sí… Se siente confundida. ¡Maldita gracia tiene la broma! De nuevo, el escalofrío sube por su espalda. Tonterías.
“¿Sí… quién es?” Espeta enérgica, tratando de infundirse valor. Es Luis, el compañero de trabajo de Juan, para preguntar si es que está enfermo. Le ha estado llamando al móvil y no contesta. Como no ha ido al trabajo. Cómo qué no. No. No, a ella tampoco le ha llamado. Tartamudea un poco. Juan no es así. O no era así. Estos últimos días Juan ha sido otro. Metido en sí mismo, ajeno, negándose hasta a contestar las llamadas. Ya se cansarán, decía sin más explicaciones. Siente las manos sudorosas cuando cuelga. Temblorosas.
Azorada trata de atar cabos. Toda la casa en penumbra, Juan no ha ido al trabajo, el agua en el suelo del baño, la cortina echada, el zapato, los arañazos en la puerta y la pared del dormitorio. Significan algo. Duda. Pero qué significan. De pronto, observa cómo el resplandor de la luz del frigorífico atraviesa entre sus piernas y refleja en el parqué. Su extrañeza cobra forma de sospecha y siente miedo. Algo en su interior se dispara y le dice que salga corriendo. Y va a hacerlo. Pero se detiene aturdida. La inercia de la costumbre le hace reaccionar y se vuelve para cerrar la puerta del frigorífico, de una vez por todas, incapaz de resistirse. Será solo un segundo, se dice. Casi violentamente se gira contra su voluntad. Después, huirá a toda prisa.
Pero no puede. Queda paralizada frente a la rendija abierta. La luz del frigorífico ilumina el horror que reflejan sus ojos. Un grito se ahoga sin salir en su garganta y entra en pánico. La urgencia ordinaria asalta sus muslos mojando sus zapatos y el parqué. Impotente, convulsiona presa del shock que la invade.
Con espanto, oye una voz ronca a su espalda, que cree reconocer: “Hay que empujarla con la mano para que haga ventosa.” Desde atrás, una mano empuja la puerta ocultando a su vista la cabeza de Juan, que reposa con los ojos abiertos sobre la bandeja de las verduras. 




Manuel Bocanegra
Relato presentado al concurso de historias de miedo de Zenda


"El andén de la paciencia" de César Martínez Tagle,
foto ganadora del concurso 
"Metro desde tu móvil"
de Metro de Madrid en 2010
.

REGRESO

El viaje cerrado incluía el regreso a la misma estación de partida. Justo después del mensaje de información que anunciaba la mía como la próxima parada, recibí el whatsapp: me esperaba. Atónito, tomé mi equipaje y descendí absorto y descreído, pero allí estaba: era yo mismo quien acudía a recibirme.


(Microrrelato publicado en el mes de mayo de 2016 
en el blog "50 palabras")





LA PERLA

Hermosa en su serenidad, contemplé su delicado cuello de cisne al apartarle el cabello. Entonces, fulguró sobre el lóbulo y su brillo de nácar hizo palidecer al afilado acero.

-Un recuerdo de mi madre - concedió altiva María Antonieta.

- No tema, mi reina - la consolé como verdugo - caerá en buenas manos.


(Microrrelato finalista en el mes de junio de 2016 
en el blog "50 palabras")



ORÍGENES DE LA FONÉTICA DEL EGO

El hombre camina delante y alumbra el angosto pasillo con el fuego de una antorcha. La mujer sigue sus pasos envuelta en pieles. Al final del corredor de piedra, ilumina el techo de la cueva.

−¡Ah!

−Uhm.

−¿Uuuhm?

−¡Yo!

La incipiente eufonía resuena  entre los bisontes pintados de la cúpula.


(Microrrelato publicado en el mes de junio de 2016 
en el blog "50 palabras")




ESTANCIA OBLIGADA EN EL CASTILLO DE LOS MONSTRUOS

Anoche, el fantasma malo, me robó el pelo mientras dormía. Hoy me vigila la serpiente de un solo ojo colgada del cuello del monstruo verde sin boca. Las brujas blancas retienen a mis papás tras la ventana encantada; me sonríen llorando, como en una pesadilla. Pienso despertar cuando me cure.


(Microrrelato publicado en el mes de agosto de 2016 
en el blog "50 palabras")





MOVIOLA

Muere en la habitación del hospital donde su esposa da a luz a su hijo a una manzana de la iglesia donde contrae matrimonio y la conoce en el instituto de la calle donde le bautizan en la iglesia que dista una manzana del hospital donde ahora acaba de nacer.


(Microrrelato publicado en el mes de septiembre de 2016 
en el blog "50 palabras")

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